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lunes, 20 de marzo de 2017

Quote 1


"Who conquers in science to Saint Thomas, in genius to Saint Augustine, in grace to Bossuet, in strength to saint Peter? Who as Rafael dos ever put on the canvas inspiration and life? Place people in view of the Pyramids of Egypt, and they shall say: through here has passed a great and marvellous civilization; place them in front of the Greek statues and the Greek temples and they shall say: through here has passed an amusing, mayfly and exceptional civilization; place them in front of a Roman monument and they shall say: through here has passed a great village. Place them in front of  a cathedral, and on having seen so many majesty united to so many beauty, so many glory joined to so much taste, so much grace together with a beauty so pilgrim, so severe unit in such a rich variety, so many restraint joined with so much boldness, so many softness in the stones and so many gentleness in the outlines, and so amazing harmony between the silence and the light, the shade and the colors, they shall say: through here has passed the greatest village in the history, and the most magnificent of the human civilizations, this people must have had of the Egyptian the greatness, of the Greek the brilliant, of the Roman the strength; and above the strength, the brilliant and the greatness, something worthier than the greatness, the strength and the brilliant: the immortal and the perfection. "

Donoso Cortés.

***

New sounds, like painful and, to the time, calm perfection makes itself comfortable in this linear time that sometimes I conceive thanks to a part that my original senses dictate me. I visualize, swear that almost exactly, the climate during the too many mornings in which there was controlling itself the refinement of the curves of the wood, the bridge, for the final tension of the ropes.

And distant sleep, at the top of me, the love, or the hate, the disappointments, the spasms, the first fright when it disappeared the rule and a blood absence announced then the Clara advent, and the first look like the first steps of a new angel- non-participating of hell and of any god peoples elector and scornfully of gifts - spilling questions on ancient staves for inaugurating its eyes.

Perhaps all this, because also it weighs me to remember that summer night, with so many beer and AC/DC, Johannes translating from English to Spanish, Goldstein doing of Paganiniana a happy birthday without too many arrangements under the tree, and the old man  laugh between cigarette and cigarette, so that the years happen suddenly, suddenly, like a rag that passes on the counter of a snack bar that suddenly has become unfriendly, without notice, and the cold comes to me to the face without pouches of knowing that the boy has committed suicide, that found the violin at the corner of the room, and John wondering why it had done it, if how, and I controlling myself, saying to him that I do not want to speak about that now, old man.


sábado, 18 de marzo de 2017

Solo, me sostengo

Conmigo a oscuras, solo, me sostengo
recreando el sonido que escribiera
para todos y nadie, a su manera,
algún monje genial sin abolengo.
Su música, sus notas - lo que tengo -
bastan para nutrirme y aquietarme
en el desasosiego, en el desarme
que es vivir esperando que otras manos
acompasen la furia, los arcanos
que implican convivir sin sojuzgarme.


36. El escapismo de la música I


A Sarah los viejos le habían comprado una flauta, de las que le dicen “flauta dulce”, y por las tardes ella se ponía a practicar. Cuando lo hacía, yo le prestaba algo de atención un rato, más por la novedad que por otra cosa, pero enseguida la abandonaba y me iba al patio a por las esferas. No me dio celos el tema, del tipo por qué a ella sí y a mí no, que yo sabía que la mina jugaba a otro nivel y, a mi modo, entendía que eran “sus cosas”, como sus muñecas, o sus zuecos, algo así.

Sin embargo, cuando cierta vez la vi desarmando la flauta para sacarle la saliva, y luego, volviendo a armarla acomodando la parte baja dejándola un poquito torcida, ahí ya fue otro tema. Me explicó que la saliva se junta y entonces gotea, que si la parte baja se pone recta el dedito no alcanzaría para hacer la nota do, “¿ves?”. Le pregunté si cómo sabía todo eso, y me dijo que lo había aprendido en el coro de la escuela, y poco tiempo atrás. “¿Vos estás en el coro?”. Y cómo no iba a estar en el coro, si era Sarah.

El coro era una suerte de élite, en la que alguna vez, y estoy seguro de que por gordito y por mi recorte taza, me pusieron a tocar el triángulo. Esa élite estaba comandada por la profesora de música, la profe Yehlí, cuya voz fácilmente se podía escuchar a dos cuadras de distancia, aún con todas las puertas y ventanas cerradas. Para entrar a la élite había dos condiciones, o sabías cantar, o sabías tocar la flauta, como mínimo, y de filtrar a “los aptos” se ocupaba la mismísima Yehlí, que no tenía problemas en descartar a quien no la pegaba.

Todo esto a mí me pasaba por un costado, pero, cuando una mañana, correteando por un pasillo, fija que con la excusa de ir al baño, vi a Sarah y a otros niños salir de sus aulas en horario de clases quedé en alerta. Ya en casa, cuando le pregunté sobre el tema, Sarah me dijo que a veces salían de clases para ensayar en el coro. Fue como un chispazo, el imposible mismo tendiendo un puente. Decidí que tenía que estar en el coro, como sea, porque aquello de salir del aula a deshoras y sin supervisores me parecía fantástico.

Le comenté a Sarah de mis intenciones, confesándole que para mí lo importante era salir del aula. Tras una brevísima evaluación, con extraordinarias semejanzas con la profe Yehlí, Sarah determinó que el canto no era lo mío y que por ese lado me vaya olvidando del coro. Sin embargo, me dijo que podía probar con la flauta, a lo que yo le respondí que no tenía ni idea de las notas y todo aquel mambo. “Es fácil, yo te enseño” me dijo, y al momento se puso a darme las primeras lecciones, que iban de sacar el sonido, antes que nada.

sábado, 11 de marzo de 2017

35. Tercer grado - el escenario


A la maestra Noferia, de tercer grado, seguro que el dato le había pasado María del Carmen Gutiérrez, la de segundo y, a esta, obviamente que Kija. No recuerdo muchos porqués precisos, o sea, las situaciones previas, pero la cosa es que no era raro que yo terminara upa, ahí en el regazo de Noferia. Posiblemente cuando me ponía en modo quilombo dentro del aula no me entraba por las buenas lo de cortarla, y mandarme al rincón o a la dirección de repente les jugaba en contra de lo maternal, así que el upa se convirtió en la solución alternativa.

Quizás esa vez Noferia estaba podrida de tenerme upa, puede que a lo mejor necesitaba avanzar unos temas y conmigo ahí lo visualizó difícil, no sé. El tema es que me incluyó en un grupo de escogidos, unos seis o siete alumnos, para ir a limpiar el escenario. Obviamente las niñas se enchufaron al tiro, y en nada de tiempo ya una con el balde, otra con la escoba, aquella con la palita y una más con el palo de repasar, estaban listas para dejar reluciente el escenario y, por supuesto, ser reconocidas por la labor tan bien desempeñada. Se sabe.

Convengamos en que yo tenía mis recelos a la hora de interactuar con las “mujeres”, pero en esa ocasión no me resultó complicado porque, gracias a Magy, yo tenía cancha con el tema de barrer y repasar, así que no fui en condiciones inferiores, sino que más bien yo sabía cómo se hacía el tema. Al principio, maravilla. Lo de barrer lo tenía reaprendido, una, dos, tres veces, golpe, y avanzar. Así que como iba barriendo los tablones quedaban limpios de polvo y paja, dejando ver sus rugosidades justo como para que sólo quede pasar el trapo húmedo para dejarlos impecables.

Ahora, en un punto dado yo terminé mi parte, que vamos, nos habíamos distribuido la tarea, y entonces ¿qué hacer? ¿Pues qué hace un chico de ocho años? Exacto, joder. Así como podía concentrarme en hacer bien lo que tenía que hacer, así podía, del otro lado, concentrarme en jugar, simplísimo. En un flash eso se convirtió en una especie de polibandi, la araña y la mosca, y el que no corre pierde, todo junto, en el que las chicas me seguían con sus palos y yo, con el balde como casco, les hacía de toro candil que corneaba y huía.

En un punto me caí, el balde rodó, y la que venía siguiéndome a mil, para no pisarme saltó sobre mí. Yo había quedado boca arriba, y en esa fracción de segundo vi que la mina iba a pasar sobre mi cara, de manera que le iba a ver la bombacha, porque todas usaban pollera, claro. Recuerdo ver la suela de su mocasín y mi automático cerrar los ojos. Sentí que no podía mirar, que no estaba bien eso, y hasta me dio vergüenza. Cuando me levanté, sintiéndome pecador, miré hacia la ventana del aula. Y sí, Noferia nos estaba controlando.

sábado, 4 de marzo de 2017

34. Días de lluvia 2 (salón de actos)


En los días de lluvia muy intensa la participación era casi nula y la escuela se convertía en un mercado. Como no se utilizaba el patio, se mezclaban todos los grados en el corredor de entrada y en los pasillos, así que para poner orden y hacer la fila, aun cuando éramos pocos de cada grado, las maestras sacaban a lucir ese lado oculto que todas tenían, o sea, se ponían fieras. No se cantaba el himno porque no se izaba la bandera, supongo, pero igual se rezaba, porque a Dios no le importaba el clima, creo. Luego, íbamos al aula.

Para la hora del recreo se habilitaba, a manera de patio, el salón de actos. Yo creo que ahí faltó un poquito la inteligencia, o de repente alguna opinión masculina, tené en cuenta que eran mujeres, desde la limpiadora hasta la directora. Te digo porque el salón de actos era eso, un salón grande, con un escenario y al frente un montón de bancos del tipo que se usan en los templos, que estaban ordenados en dos grupos - de columnas o filas, como querrás -, dejando espacio para pasar al medio y a los costados. Pero, ¿si no hay acto?

La cantina, al mando de ña Horocia, se trasladaba al salón de actos, ya que la idea era que los pudientes se compren su merienda y luego se sienten a disfrutarla cómodamente en alguno de los bancos. Sin embargo, la idea que teníamos algunos cuantos no pasaba por quedarnos media hora sentados, así que no tardábamos en armar el polibandi pero más o menos disimulado, como cuando en vez de jugar a los cien metros planos pasás a jugar marcha. Desde fuera se verá medio ridículo, pero desde dentro tiene su sabor, porque correr dentro del salón estaba más que prohibido.

Por supuesto, estos polibandis sólo los jugábamos entre varones, porque las nenas como que tiraban más a obedecer las órdenes, y los inquietos de cajón éramos nosotros. La cosa se ponía entonces muy competitiva, y la parte salerosa era que en realidad corríamos, pero justo en ese trecho, en ese espacio tiempo en donde las maestras no nos estaban mirando. Así, el juego tenía sus partes rápidas y sus partes lentas, cada una con sus mañas, como la de agarrar a la nena que pasaba a tu lado y arrojarla al policía que tenías ya casi encima con los brazos extendidos.

En una de estas ocasiones, y faltando poco para que termine el recreo, sucedió el desboque. Quedé de último ladrón y tenía a unos tres polis persiguiéndome. Llegado un punto, me resbaló que las profes me estén mirando o no, corrí, pero los polis se contagiaron y también corrieron. Como no paraban, comencé a saltar sobre los bancos, pero los bestias también lo hicieron, o sea, se armó. En la persecución, hubo uno que no midió bien la distancia entre bancos, pisó mal y terminó partiéndose la boca. Terminamos todos en la dirección, y sí, para variar de nuevo yo culpable. 

jueves, 2 de marzo de 2017

Quote 14



Suddenly she offered me my own words, but feeling them like hers, with the vigor with which I had felt and said them in my first youth, when everything in me was about differing and a world was still distant from learning to integrate.  I accused the blow, remembering that usually does not remain the strongest one but the one who resist the most and, almost smiling from the very deep of my very trained fortitude, I answered her that not everybody was a piece of shit, that everywhere there are people who are worth, although it is always easier to remain alone.

In rejecting the fears, it inhabits the biggest of the fears, and the biggest of the anxieties, too. Since we accept the possibility of the worst thing, since we assume that our worst nightmare could come true and take it as palpable, we will begin to reduce this quota of imaginary power that up to this moment it took as an illusion, including the fear of the madness, of the mental weakness, of the emotional ambiguity. The deepest truths, the last secrets, are reached any time we fully fulfil with the first of the rites. The sincerity - playful, tragic or indifferent - for with one himself. There’s no more.

Furthermore, I had survived one of the cruelest scenes of that gender war that I then had to deal with: my ex, envying what the future offered with my actual girlfriend; and my actual girlfriend, envying what was my past with my ex. It is then that one stops talking about love, when one realizes that everything is jealousy or envy, competition, game, war, absurd ways that hide, disguise and end up exposing the simple and deep desire of not wanting to feel too alone in an inherited egoism from generation to generation, degeneration in degeneration, always.

sábado, 25 de febrero de 2017

33. Días de lluvia - 1 (el reglazo)


Los días de lluvia eran completamente otra cosa, y tenían básicamente dos niveles: intensa y muy intensa. Cuando llovía con intensidad el número de asistentes bajaba notoriamente, por lo que en clase no se avanzaba con nada nuevo y sólo se repasaban lecciones anteriores. Y mirá, si ya de por sí me solía aburrir en ellas, calculá si la cosa iba de repasar, un bodrio. Así que yo me ponía a jugar, pero ahí, en mi lugar, porque pasado un tiempito la profe de turno ya no permitía que me levante del asiento, y al primer amague ya la tenía enfrente.

Uno de estos días estaba cavilando qué macana podía hacer, supongo, y mientras intentaba la sinapsis redentora me daba golpecitos en la cabeza con mi regla. De pronto, capté que no me dolía y comencé a pegarme más fuerte, nada, no sentía dolor. Examiné la regla y confirme que aunque siendo de plástico era dura y firme; flexible, sí, pero no era de goma. A mí me pareció todo un descubrimiento y determiné compartirlo con la compañerita que tenía al lado, pero claro, a mi estilo, dándole una sorpresa. O sea, le daría un reglazo que para su maravilla no dolería.

No le di el reglazo tipo un raquetazo en una jugada de tenis, na. Me levanté y alcé la regla sobre mi cabeza empuñándola como si fuese una espada y yo un samurái, mientras la mina seguía haciendo ahí sus ejercicios sin percatarse de nada. Antes que la profe pudiera gritar un ¡Smarc!, pimba, solté la espada con todo. El grito de la mina se escuchó hasta la esquina, y cuando la sangre le cayó sobre el guardapolvo al llanto desencadenado se le sumaron nuevos gritos. Yo no entendí nada de nada, y pensé que la chica tenía la cabeza blanda.

Después comprendí que hay una diferencia entre dar con el canto y dar con la parte plana de la regla, y bueno, yo me flagelé con la parte plana y la pobre ligó con el canto. Realmente no fue mi intención abrirle la herida esa, y me imagino el susto que se habrá pegado, y todo el trauma. Digo yo, si estoy sentado haciendo mis tareas, y de la nada el de al lado me rompe el marote sin que yo le haya hecho nada, sin que ni siquiera estemos jugando, tío, solo podés concluir que el tipo está completamente loco.

Obviamente que la comprensión me llegó después, es decir, cuando ya había heridos que lamentar y las explicaciones no sirven para absolutamente nada. Terminé en el rincón y en la dirección, incluso por un tiempo anduve sentado al lado de la profe. Por lo demás, en el recreo había veces en las que mientras jugaba, alguna profe entraba en el cuadro de mi visión, y claro, me estaba mirando, invariablemente siempre me estaba mirando alguna. Era esa una sensación molesta. No sé por qué, pero sentirse así, en la mira, como que te daba ganas de justificar tanto control, dar razones.

sábado, 18 de febrero de 2017

32. La fama de Magy


Como normalmente era más bien risueña, alegre y conversadora, a mí no me llamaba mucho la atención que a Magy se le acercasen a saludar un par de viejas ahí al llegar al colegio, ni tampoco encontrarla rodeada de otras tantas a la hora de la salida. Sin embargo, más o menos de la nada, el número de estas viejas fue aumentando, y varias veces escuché un “¡Ahí viene Magy!, como si la que llegaba fuese alguien famoso. Incluso de cuando en vez la podías ver charlando con la hermana directora, y no precisamente porque yo me haya metido algún pedo.

Lo primero que comenzó a molestarme fue cuando estas viejas, estando yo al lado de Magy, o cuando llegaba junto a ella tras salir del aula, volcaban la vista y salían con el “¿Y este es tu hijo? ¡Pero si es tu cara!”, dándose inicio así al toqueteo, que incluía la horrible caricia en alguna de mis mejillas y el pasar la mano por mi cabello. A mí esto me enojaba muy mucho, y me liquidaba que, como iban en plan de “cariñosas”, no les podía lanzar una patada o intentar darles un manotazo, de manera que sólo me quedaba aguantar.

Después la cosa se extendió al patio, y ahí cagué. Se me arrimaba cualquiera, de cualquier grado y me decía “¿Vos sos el hijo de Magy?”, “¿Cierto que sos el hijo de Magy?”, “Decile que quiero salir en su programa”, “Viste, te dije. Si es idéntico a ella”, y derivados así. A mí me caía mal, porque a mí me gustaba andar en lo mío, que si no era por el polibandi o el fútbol más bien no interactuaba con casi nadie, así que eso de que me vengan a hablar me descolocaba, y encima no podía responder a las malas.

Se le sumó la calle, o sea, la gente en la calle. Así como se me acercaban a mí en el patio, se le acercaban a ella, en cualquier lugar y a cualquier hora. Y los niños, por decirte una, si íbamos pasando y estaban del otro lado de la vereda, gritaban un “¡Adios, Magy!”, y la Magy respondía haciendo el adiós con la mano. De repente todo esto me pareció una invasión, o un atropello, no sé. Lo que sí es que no me gustaba para nada, y sentía ganas de darles tunda a todos, pero no tenía motivos ¿no?

Sin embargo, mal que mal me fui adaptando a la situación, primero porque no me quedaba otra, y segundo porque lo cierto es que en la escuela nadie me rompía más allá de confirmar mi parentesco con Magy, es decir, nadie me cargaba ni se hacía el gracioso con ese tema. Esto último, no sé si porque tuve la suerte de caer en una camada ajena a la crueldad que dicen natural en los niños, si porque sabían que al cruzar cierta línea habría piñas, o si porque la Magy era tan genial como todos decían. Quizás una suma de todo.

sábado, 11 de febrero de 2017

31. Polibandi


Se hacía un círculo entre los que iban a jugar, y uno de los participantes, mientras decía “sandía sandía tú serás policía”, le tocaba el pecho a los otros haciendo coincidir cada toque con cada sílaba pronunciada, y al que le tocaba “cía” terminaba siendo eso, policía. Se alternaba con “melón melón tú serás ladrón”, de manera de armar dos bandos. Dispuestos los contrarios y establecido dónde sería la cárcel, al grito de “¡ya!” los ladrones se disparaban y los policías corrían en procura de agarrarlos para llevarlos presos. Esto se llamaba polibandi, y era el juego preferido por la mayoría.

Como jugábamos al polibandi en el recreo, la cosa tenía un aditivo extra, sí, el tiempo. Y claro, al sonar el timbre se terminaba el juego y quedaba un único bando ganador; los policías, si acaso lograban capturar a todos los ladrones, o estos, si tan sólo uno de ellos estaba libre en el segundo final. Tranqui, para hacerlo más parejo, siempre había más policías que ladrones, tampoco éramos opas. Ahora, lo bueno era que a un ladrón libre le bastaba con tocar a los ladrones presos para liberarlos, por lo que siempre había uno o dos policías cuidando la cárcel.

Por otra parte, una de las maravillas de este juego era que lo jugábamos entre niños y niñas, cosa que para nosotros era rara, y que nos ponía algo incómodos, pero de la que ni bien comenzaban los correteos nos olvidábamos. Obviamente no es un juego para cualquiera, digamos que exige cierta condición física y de carácter, al menos si querés ganar, claro. Porque mirá, al menos como lo jugábamos nosotros, al momento de capturar tenías que agarrar, así, el propio agarrar, que cosa normal un lazo de guardapolvo roto o un botón de camisa desprendido por "resistirse a la ley".

En algunas ocasiones especiales ocurría que de común acuerdo conveníamos en jugar niños contra niñas, y eso sí que era un aparte, porque había como un desafío adicional. No sé, de repente porque estábamos en una edad en la que los nenes con los nenes y las nenas con las nenas, qué se yo, de por ahí algo había en que querías ganarle al género, alguna cosa así. Cuando se daba, las chicas mínimo nos duplicaban en número, siempre de común acuerdo, y esto lo veíamos justo, que vamos, eran nenas y a lo físico no le daban tanto como nosotros.

Para mí, en lo particular, no eran rival, qué querés, ni en velocidad, ni en amagues, ni en medir distancias, nada, no tenían nada las pobres, salvo una cosa: ganas. No hay animal más agresivo que una mina, tío. Si mal no recuerdo, dos veces me agarraron siendo yo ladrón. ¿Vos creés que no me resistí? ¿Vos creés que no terminé arañado? ¿Vos creés que no me pusieron una poli “dedicada” apretándome su espalda contra el pecho en la cárcel? Ya te digo, eran juegos especiales, hermosos, intensos, a los que sólo pueden igualarse los que jugábamos los niños contra niños.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Cita 31

Ese terreno, tibio, fangoso, lleno de gusanos gordos y afelpados, dentro de su blanda hediondez tenía la capacidad de ofrecer aquello para lo que los muchos habían estado entrenados a apreciar como una bendición: lo conocido. Y ese terreno, ese territorio no era otro que el pasado, no era otra circunstancia que lo pretérito vuelto a repetir de mil maneras diferentes, desde los inútiles reproches de pareja hasta las puestas en escena una y otra vez de las mismas películas de Disney, como si no existiesen la imaginación o la posibilidad de un futuro sin tanto calor gregario inundando las axilas.


Así, todos gorditos, todos afelpados, y mientras más penurias vayan por dentro, mientras más áspera parezca o pareciera la colección de Gólgotas que alguno pudiera colgarse al cuello, no habría más que terminar como parte de un decorado en el que la intrascendencia del conjunto se enaltece y se mantiene justo por ese equilibrio arquimediano por el que el intento individual por enaltecer el propio sufrimiento no hace más que igualarlo al de todos los demás, no ya por sus manifestaciones concretas (una bancarrota, una muerte a destiempo, un segundo lugar), sino por sus fundamentaciones subjetivas, en que todos son doctos.


Mas, para que el conocimiento intrínseco e íntimo de esta trama tenga, además, reconocimiento, es necesario atenerse a la misma y asumir uno de los papeles más nobles que confiere la historia: el de víctima vengadora. Para ello, se precisa asumir la realidad como tal y enteramente como tal, pretender ser el responsable de la misma y - el condimento esencial - ser acusado y hallado culpable de todo. Demás está decir que la acusación debe ser aceptada veladamente, jamás deberá ser asumida con vehemencia, o actitud parecida. Sólo los culpables sentenciados tienen posibilidad de salirse del fango. Por eso apesta.